Tal vez su destino estuviera escrito de antemano, tal vez no, pero cuando los ángeles alzaron el vuelo sobre las aguas turbulentas de la laguna Estigia ya estaban condenados. Porque así es Luzbel; tiende trampas entre las sombras, contempla a sus presas morir desde la distancia y sonríe discretamente ante la belleza serena de los cuerpos marchitándose. Resulta imposible esconderse del resplandor de sus ojos dorados o escapar de sus telarañas. En el momento en que los invasores se elevaron para huir del abrazo de las almas quedaron atrapados por un hechizo de tristeza destilada, el mismo que el Cazador había usado para encarcelar a Rafael. Si el dolor es el mejor conjuro y la pena el catalizador perfecto, en el hogar del Diablo probablemente también habrá suficientes lágrimas derramadas. El resentimiento acumulado durante milenios de encierro cayó implacablemente sobre el ejército enemigo, destruyendo sus cuerpos con el peso de las tragedias de las almas humanas, tan perdidas, y de las almas de los demonios, tan carentes de esperanza.
Ante la mirada atónita de las huestes infernales las plumas que habían pertenecido a sus hermanos caían lentamente hasta depositarse, como una leve caricia, sobre la superficie del lago. En cuestión de minutos el agua quedó cubierta por una capa de plumón blanca y suave semejante a una nevada, algo bello y extraño que sugería un nuevo comienzo, una oportunidad de redención en medio del Averno. Sin embargo tras unas horas las plumas se sumergieron en las profundidades del lago, dispuestas a confortar a las ballenas, y Luzbel devolvió a las almas condenadas a la tortura que les correspondía, a sus demonios al trabajo y al Cazador y su esposa a la tierra donde moran los vivos. El Cielo no tomaría represalias, durante un tiempo estarían demasiado ocupados lamiéndose las heridas y creando nuevos ángeles para su ejército. El Diablo sonrió con malicia, consciente de que su Padre no se atrevería a desafiarle con tres de sus arcángeles muertos y el pequeño Rafael encerrado en una botella almacenada en los sótanos del Infierno. Por una vez, se acercaban años de calma.
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