Luzbel juega con ventaja, obviamente. A lo largo de la historia de la Humanidad los grandes estrategas, las mentes más brillantes, no han dudado en usar métodos poco altruistas para conseguir sus objetivos. Es posible que en su momento el camino más rápido hacia la victoria consistiera en masacrar varias aldeas en una simpática orgía de sangre y destrucción, pero a la larga el hecho de aficionarse a las matanzas también conduce al infierno. El Diablo cuenta, por tanto, con los mejores asesores para fortificar su reino y diezmar las tropas angelicales que empiezan a congregarse detrás de las puertas de madera tallada por donde suelen entrar las almas de los condenados en un goteo interminable.
El Demonio consulta en primer lugar a Abre Muchas Cabezas, el líder de una tribu que vivió hace miles de años en las amplias llanuras del este de Europa. Era un hombre intrépido y temido por doquier, sin embargo su nombre no pasó a la posteridad porque, tras su muerte, su propio primogénito, horrorizado por los salvajes rituales que habían hecho famoso a su padre, borró todo rastro de su existencia y convirtió su nombre en tabú. Los historiadores jamás sabrán qué hizo Abre Muchas Cabezas los viernes por la noche para escandalizar de semejante manera a su hijo, pero Luzbel recuerda vagamente que involucraba a varias doncellas, un cuchillo bien afilado y cinco cabras, así que no duda en pedirle consejo.
Tras explicarle la situación a Abre Muchas Cabezas, el alma del guerrero le recomienda que coloque un destacamento de sirenas en la laguna Estigia: las damas confundirán con sus cánticos a los recién llegados y después procederán a devorarles hasta no dejar ni las plumas. Luzbel le mira con escepticismo largo rato. Es cierto que las sirenas son seres poderosos, precisamente se hallan en el infierno por haber acabado con la vida de miles de marineros, pero lo más seguro es que los ángeles sean inmunes a la tentación de sus voces etéreas y sus enormes pechos. Desgraciadamente el Diablo no está seguro porque él perdió la gracia divina y la pureza que conlleva hace muchos eones, así que ahora al mirarlas de reojo tiene que controlarse para no acercarse a ellas como un idiota enamorado. Con un suspiro decide que servirán como prueba, al fin y al cabo todo su ejército aguarda preparado para el combate en la otra orilla del Lago del Olvido. Con un gesto de su mano las sirenas salen a la superficie y las puertas del infierno se abren para dejar paso a los invasores. La guerra por fin ha comenzado.
Al principio, sin embargo, no ocurre nada. Las huestes del Cielo se agolpan a una distancia prudencial de la entrada y no parecen interesadas en moverse, se limitan a observar con expectación el espacio vacío entre las puertas y la laguna. Las sirenas siguen cantando, desconcertadas, y de repente se les une un grito desgarrador proferido desde el otro bando, seguido por un eco de lamentos y llantos. Al acercarse al campo de batalla Luzbel comprende lo que ha sucedido. Dios presume de vivir en los vastos espacios del cielo y en el remoto corazón de una hormiga, dueño y señor de lo grande y lo pequeño. Igual que los ángeles pueden bailar en la punta de un alfiler, también son capaces de realizar una invasión tomando formas más pequeñas que una célula, son los espías perfectos. El Diablo sonríe, divertido, y pronto sus carcajadas contrastan con las lágrimas de los ángeles que todavía no han entrado en la batalla. Benditos sean pues los cánticos de las sirenas, ultrasonidos letales, dispuestos a aniquilar a los ángeles diminutos que osen acercarse.